Sueño de siesta
No sé o no recuerdo a qué venía a la habitación, pero cuando abrí la puerta y vi la cama tendida me sentí tan cansado que no pude más que arrojarme sobre ella. Supe que en breve estaría dormido. Acostado boca arriba, miré el cielo raso y reparé en las formas amarronadas que dibujaba la humedad proveniente de la terraza; una de las manchas se me figuró el perfil de un neandertal: automatismo hídrico, pensé. Por las rendijas de la persiana, la luz cálida de la siesta colaba sus tentáculos hasta mi cara. Coloqué la mano derecha sobre la frente, de canto, una visera, como para ver a lo lejos si es que vienen indios. El primer indicio suele ser un horizonte borroso, fuera de foco, no tanto por el calor de la tarde sino por el polvo que levantan los vasos de las bestias que monta el enemigo. Yo los he visto, pero hace mucho ya. Ahora que llegan, he perdido la cuenta de los días que pasaron desde que tomamos esta posición. El objetivo es resistir el primer ataque, y si nos hablaron de primer...